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Vivimos un tiempo en que la palabra democracia suele sonar más a crisis que a promesa. La falta de participación ciudadana, la desconfianza hacia el sistema y el inquietante crecimiento de la simpatía por proyectos autoritarios nos hacen notar que la democracia está en tensión. Lo sentimos también en la pérdida de credibilidad de instituciones como los partidos, la justicia y hasta el propio Estado.

A esta situación se suma un fenómeno paradójico: líderes que llegan al poder por las urnas, pero que una vez allí ponen en duda los principios más básicos de la democracia. Discursos que usan el voto como herramienta, pero que luego desprecian la pluralidad, la inclusión y los derechos. En resumen, que usan el sistema democrático para llegar al poder, para después desmantelarlo desde dentro.

La crisis democrática no es un concepto abstracto. Está basada en cultivar el miedo “al otro” que a su vez se traduce en la violencia y la polarización que dividen barrios y familias, en la estigmatización de pueblos enteros, en los desplazamientos por conflictos y guerras, en la normalización del odio en redes sociales y en la vida diaria. Todo esto nos va aislando, fragmentando, debilitando los lazos que nos sostienen como comunidad.

La democracia nunca fue un sistema perfecto. Nació y crece como un proyecto siempre inacabado: el intento —frágil, pero esperanzador— de que el bien común pueda ser una meta compartida. Las instituciones no son monumentos intocables, sino herramientas que deben actualizarse, abrirse y renovarse para responder a las necesidades de las personas. El problema surge cuando dejamos de creer que eso es posible, o cuando las instituciones se vuelven fines en sí mismas, alejadas de la vida cotidiana.

Necesitamos recuperar la fe en la democracia. No basta con votar ni con delegar en otros las decisiones que definen nuestras vidas. La democracia puede rebrotar en lo que construimos cada día, en los gestos de cuidado y solidaridad que nacen en patios, calles y encuentros cotidianos. Democracia también significa tejer vínculos para conectarnos y acompañarnos, y que nuestro cuidado mutuo pueda ser la base de un nosotros más grande, más justo y más humano.

Aquí, las religiones y espiritualidades pueden tener un rol fundamental. En su raíz más profunda, toda fe habla de vínculos, sobre aprender a vivir en comunidad. Eso significa, precisamente, religar. Las comunidades religiosas, cuando se comprometen con estos valores, pueden ser ejemplo de diálogo, empatía y servicio, y trabajar junto a otros actores sociales y políticos por el bien común. Pero también deben resistir la tentación de ser usadas por proyectos que en nombre de supuestas verdades absolutas promueven exclusión, odio y división.

Creer en la democracia hoy significa:

  • aprender a dialogar en medio de nuestras diferencias,
  • renovar nuestras instituciones para que sean más inclusivas y cercanas,
  • construir espacios donde todas las voces tengan su lugar,
  • apostar por modelos económicos que no agranden la desigualdad,
  • frenar la violencia que cada día arrasa con miles de vidas.

La democracia no está garantizada. Es una tarea que se conquista y se cuida todos los días. Hoy, en este Día Internacional de la Democracia, el desafío es volver a creer en ella. Y creer en nosotros mismos, como sociedades capaces de elegir la convivencia, la justicia y la paz por sobre el miedo y la fragmentación.

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