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Por Juan Esteban Londoño

La teoría de género es uno de los temas más discutidos durante los últimos meses en el ámbito religioso latinoamericano. En países como Chile, Panamá, Perú, Guatemala, El Salvador, ha surgido el tema de la “ideología de género” en los debates sociales y políticos. Tanto así, que México se está liderando una iniciativa para conformar un “frente latinoamericano por el derecho a la vida y a la familia”[1]; y en Colombia, el tema la teoría de género se ha convertido en criterio para apoyar o no apoyar los Acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC, e incluso para impulsar precandidatos a la próxima presidencia bajo la bandera que intenta combatir o defender esa postura.

Muchos de los promotores de este movimiento en favor de la familia tradicional son cristianos católicos o evangélicos que se mueven bajo las consignas: “Papá + Mamá = Familia Feliz”. “No a la ideología de género”.

Lo primero y más fundamental para aclarar es que no se trata de una “ideología” de género, sino de una teoría. La palabra “ideología” es un término marxista empleado para describir aquellas situaciones en las que un discurso legitima una forma de gobierno capitalista, como lo han hecho las religiones en algunos momentos. La palabra “ideología” se podría aplicar mucho más al discurso de muchas iglesias que a la propia teoría de género, pues estas han justificado algunas prácticas de poder y dominación mediante la promesa de una vida después de la muerte y el llamado a soportar pasivamente el sufrimiento, en lugar de cumplir su papel profético de criticar las estructuras de pecado desde la palabra de Dios.

Debemos hablar entonces de la teoría de género y no de “ideología de género”.

La teoría de género es una disciplina que se dedica a estudiar las identidades de las personas en relación con sus orientaciones de género y sexo (Juan Fernández). El género es un elemento bio-psico-social que le permite a las personas identificarse con la masculinidad, la feminidad o incluso con ambas cosas a la vez. El género se construye no sólo en la sociedad sino también en los cromosomas, en la formación del feto, en las hormonas que prevalecen o se entremezclan, y en la elaboración de identidad de los sujetos en sus experiencias y asimilaciones psicológicas, corporales y comunitarias a lo largo de toda la vida. Cada persona va elaborando las imágenes pertinentes de su identificación sexual y de género a lo largo de su vida, y este es un proceso abierto y diverso, variado y plural.

Tal vez muchos cristianos lo desconozcan, pero desde hace varios años se viene desarrollando una teología de género. Existen biblistas, exégetas y pensadores y pensadoras cristianos que le apuestan a una lectura de género de los textos bíblicos y de la fe, tales como Ivone Gebara, Rosemary Radford Ruether y Elsa Tamez.

Para los cristianos, el eje fundamental de la Biblia es el mensaje de Jesús y la nueva comunidad instaurada por el reino de Dios. Esa nueva comunidad tiene un mensaje decisivo en torno a la diferencia de género: todos y todas somos iguales ante Dios; sin importar la tajante distinción entre varón y hembra que a veces solemos hacer (Gálatas 3,28).

Además de la Biblia, tenemos a la teología como reflexión sistemática de la vivencia cristiana en diversas épocas. La reflexión teológica va de la mano con la hermenéutica, que consiste en establecer un diálogo entre la Biblia y el mundo en el que vivimos los intérpretes. Nuestro mundo es muy diferente al mundo de la Biblia, con nuevos descubrimientos de la ciencia, nuevas reflexiones filosóficas sobre la moral, nuevos análisis de la sociedad y nuevos conocimientos sobre la psicología humana; además de los nuevos descubrimientos arqueológicos, filológicos e históricos sobre el proceso de composición y ediciones de la Biblia.

La teología nos enseña que no podemos aplicar directamente los textos de la Biblia a nuestra realidad, como si estuviéramos viviendo en Israel en la época del rey Josías o del apóstol Pablo. Como señala Paul Tillich, “Nadie es capaz de saltar sobre dos mil años de historia de la Iglesia y hacerse contemporáneo de los escritores del Nuevo Testamento, salvo en el sentido espiritual de aceptar a Jesús como el Cristo”.

Por esto es necesario establecer un puente hermenéutico y teológico, reconociendo las distancias, cuando vamos a hablar del género. La teóloga norteamericana Rosemary Radford Ruether hace notar que Dios no es un ser masculino y patriarcal, sino que tiene diferentes rostros, incluso en la tradición bíblica. En este sentido, destaca cuatro imágenes revolucionarias acerca de Dios con respecto a las visiones androcéntricas que se han impuesto en la historia del cristianismo:

La primera imagen revolucionaria es la del Dios profético. Descansa en la acción histórica de Yahvé de liberar a los esclavos y llevarlos a una nueva tierra. En esta imagen se ve a Dios como crítico de toda sociedad injusta y un defensor de las víctimas sociales (Miq 4,4).

Una segunda imagen es la del Dios Abba. Este es un término usado por Jesús para mostrar que él no cree en el esquema patriarcal de la divinidad y que la experiencia de Dios se da en una relación basada en el amor y la confianza, no en el miedo ni el castigo. En este caso, la familia patriarcal es reemplazada por una nueva comunidad de iguales, no de amos y esclavos (Lc 14,26; Mt 19,37-38).

La tercera imagen es la de la prohibición de la idolatría, la cual no consiste solamente en la construcción y adoración de imágenes físicas sino en la predicación de conceptos acerca de una divinidad opresora y cruel. Por esto se invita a un lenguaje teológico acogedor, basado en las imágenes y experiencias de Dios tanto masculinas como femeninas, comprendiendo siempre que todo lo que se pueda decir sobre Dios son metáforas insuficientes.

La cuarta imagen es la que presentan las parábolas de Jesús cuando hablan de lo masculino y lo femenino. Ellas son inclusivas con la mujer. En las parábolas, las imágenes de los hombres y las mujeres son igual de valiosas. En las narraciones dadas por Jesús, las mujeres no dependen de los hombres, y muestran imágenes de Dios no sólo son paternales sino también maternales (cf. Lc 13,18-21; Lc 15,1-10).

Muchas personas que critican la teoría de género consideran que esta teoría destruye las familias. En su libro Estudios de sociología del cristianismo primitivo, el teólogo alemán Gerd Theißen se refiere al cristianismo de los primeros años, el Movimiento de Jesús antes de ser una iglesia, como un grupo de itinerantes que se consideraban a sí mismos una familia y que renunciaban al concepto romano de familia (“Papá + Mamá + hijos + esclavos = Familia Feliz”).

Los primeros cristianos o seguidores de Jesús eran carismáticos viajeros, que vivían a profundidad un estilo de vida que no estaba anclado a un lugar específico. Las personas que se adherían al movimiento de Jesús dejaban sus hogares, sus esposas, sus hijos y sus padres (Mc 1,16; Mt 8,19). Y el mismo Jesús desconoce a su familia de madre y hermanos como el único modelo de familia, para establecer un modelo diferente, el de una comunidad en torno al reino de Dios (Mt 12,49-50).

(El modelo que algunos grupos religiosos defienden no es un único modelo de familia. Tampoco se garantiza que todas las familias compuestas por papá, mamá e hijos sean familias felices).

Ahora bien, cuando se habla de la teoría de género, el tema que más incomoda a ciertos grupos de cristianos es el de las reflexiones en torno a la homosexualidad. Es cierto que el debate está abierto. Hay teólogos que están a favor de la inclusión de homosexuales dentro de las comunidades cristianas: la Iglesia Evangélica Alemana acepta miembros y pastores homosexuales y lesbianas; la Iglesia Anglicana tiene obispos homosexuales y lesbianas; la Iglesia Metodista en los Estados Unidos y en otros lugares de Latinoamérica también ha aceptado en plena comunión a creyentes LGBTI. Teólogos de diversas iglesias se han declarado en favor de las diversidades sexuales o se identifican como parte de ellas; tal es el caso del teólogo luterano André Sindey Muskopf de Brasil, la teóloga argentina Marcella Althaus-Reid o el teólogo y filólogo danés Renato Lings; personas que, además, destacan por su alta calidad en la producción teológica y por un sólido compromiso cristiano.

Aceptar o rechazar dentro de la comunión cristiana a una persona LGBTI es decisión de cada iglesia y de cada creyente. Pero debemos reconocer que estas personas también son ciudadanas de sus respectivos países, y que a ellas también las cobijan derechos; no podemos irnos contra estos derechos. Jesús mismo reconoció que todas las personas, independientemente de sus opciones morales, gozan de los beneficios de la creación divina (Mt 5,45).

El teólogo Juan Stam, quien se ha pronunciado exegéticamente en contra de la homosexualidad, reconoce que estas personas deben ser amadas por los cristianos y gozan de todos los derechos civiles:

“La homosexualidad es un fenómeno humano, y el evangelio nos enseña a amar al prójimo, y eso incluye a los homosexuales. Nos exige amar al pecador, a la vez que repudiamos el pecado. Los homosexuales también son imagen de Dios y ciudadanos de la patria, y deben gozar de los derechos civiles que les corresponden legítimamente”[2].

En síntesis, la teoría de género no es una “ideología” demoníaca o anticristiana. No pretende poner a las mujeres por encima de los hombres, para vengarse de ellos, ni tampoco homosexualizar a toda la población. Se trata más bien de proponer una reflexión consciente que reconoce que las mujeres y la población LGBTI han sido maltratados injustamente a lo largo de la historia, y que los hombres también han sido esclavos del patriarcalismo al exigírseles ser “más machos”.

La teoría de género invita a que todas las personas podemos relacionarnos con equidad y respeto, independientemente de las creencias religiosas o espirituales que tengamos. No debemos olvidar que en la Edad Media se marginó a los judíos, diciendo que eran criaturas del demonio, asesinos de Dios; y que solamente hasta bien entrado el Siglo XX se pensaba que los negros habían nacido para ser esclavos; todo esto con argumentos “bíblicos” (muchos de los movimientos más racistas y antijudíos fueron movimientos evangélicos).

Cuando hacemos una lectura hermenéutica y concienzuda de la Biblia, nos damos cuenta de que lo que condena y excluye a los demás son nuestros prejuicios irracionales, y que debemos aplicar la hermenéutica de la sospecha para saber que mucha gente ha sido excluida de los espacios de fe por temores e incomprensiones tanto del ser humano como de la Biblia.

Independientemente de si estemos de acuerdo o no con la teoría de género y las diversidades sexuales, debemos aceptar que los LGBTI no van a desaparecer por el mero hecho de que cerremos los ojos. Ellos, como ciudadanos, tienen también derechos y deberes, y tenemos que aprender a convivir con ellos y a respetar su participación activa dentro de la democracia ciudadana.

Por esto, toda opción que los reconozca a las mujeres y las diversidades sexuales como existentes, y que los defienda como ciudadanos, no debe ser satanizada, sino comprendida como parte de un gobierno que los incluye (el gobierno secular también es ordenado por Dios para regir las relaciones humanas).

Tanto los católicos como los evangélicos han sido o son minorías en muchos lugares del mundo. Son un grupo más en medio de otros grupos. No están llamados a imponer su visión moral en las constituciones nacionales sino a mostrar su ejemplo de amor al prójimo, sea quien sea ese prójimo.

[1] http://www.semana.com/nacion/articulo/frente-latinoamericano-a-favor-de-la-familia-y-contra-la-ideologia-de-genero/493623

[2] http://juanstam.com/dnn/Blogs/tabid/110/EntryID/161/Default.aspx. También hay una fuerte crítica por parte de diferentes teólogos con respecto a la postura de Stam, que vale la pena sacar a colación: http://www.lupaprotestante.com/blog/juan-stam-y-su-mirada-sobre-la-homosexualidad/

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