Cuando se piensa en el rol de los evangélicos durante la última dictadura en Argentina, es frecuente que el imaginario colectivo se reduzca a una idea de silencio o complicidad. Sin embargo, el papel de las iglesias durante esos años fue profundamente heterogéneo: mientras la mayoría de las congregaciones mantuvo una postura de pasividad o apoyo explícito al golpe de estado, otros espacios y personas de fe se convirtieron en refugios comunitarios que denunciaron el horror y brindaron apoyo a las víctimas.
Desde 2018 el Colectivo Memoria Profética investiga sobre estas y otras trayectorias para visibilizar a aquellas personas que hicieron de su fe un motor de lucha por la defensa de los derechos humanos. A continuación, presentamos cinco historias de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo que a través de su expresión de fe transformaron la memoria en un acto de justicia.
1. “Dios es amor”: la historia detrás del pañuelo de María Takara
María nació en Ciudadela en 1930 y fue miembro de la Iglesia Evangélica Japonesa. Su hijo, Jorge Eduardo Oshiro, era un joven de 18 años que amaba la música: tocaba la flauta, la guitarra y el sanshin (instrumento tradicional japonés). Jorge fue secuestrado en su casa y tintorería de Villa Ballester en noviembre de 1976.
Durante estos años de incertidumbre, la familia fue acompañada por la Iglesia Evangélica Japonesa, allí les hablaron del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). Ya en democracia, solicitaron una entrevista con el Obispo Metodista, Carlos Gattinoni, fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) e integrante de la comisión de notables de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). Él los escuchó y, antes de finalizar les preguntó si podían tener un momento de oración. “Era la primera vez que alguien rezaba por mí por este caso” se emociona al recordarlo Elsa [hermana de Jorge], hoy referente del MEDH.
Tras enviudar en marzo de 2016, el 30 de abril su hijo José Luis le preguntó si quería ir a la Plaza de Mayo, pues allí las Madres iban a conmemorar un aniversario más de su primera Ronda. Aceptó y fueron. Al finalizar el acto, todas las Madres pasaron al frente y la presentaron. Regresó al año siguiente, pero aún no tenía su pañuelo.
Un tiempo antes, el pastor Andrés Eidelson se acercó a la Iglesia Evangélica Japonesa, conoció a la familia Oshiro, pero no sabía de la historia de Jorge. Recién lo supo al identificar en la foto de una marcha del 24 de marzo a un nieto de María, llevando la bandera de los desaparecidos de la colectividad japonesa. Luego se enteró de su acercamiento a las Madres, y al ver que María no tenía pañuelo, comentó que su esposa Sonia se sentiría muy honrada en hacerlo. María aceptó. Juntos pensaron agregar algún texto bíblico y María decidió que sea “Dios es amor”.
El 30 de abril de 2018 María se puso el pañuelo por primera vez. Para ella, estar en la Plaza era practicar el mandato bíblico de “reír con los que ríen y llorar con los que lloran”.
2. Isidora Crego
Nacida en Junín en 1912, Isidora se formó en la Iglesia Metodista, donde desde niña sintió una inquebrantable vocación de servicio. Su fe no se quedaba en los bancos del templo; su pasión era el trabajo social, llevando clases bíblicas en las villas y ayudando a los más necesitados.
Junto a su hijo Marcelo Castello, militante de la unidad básica “Descamisados” en Liniers, Isidora se involucró territorialmente, lo que provocó que los militares allanaran su casa en dos ocasiones. En una de esas requisas nocturnas, los soldados, al ver sus Biblias y cruces, exclamaron con sarcasmo: “¡Qué religiosa es usted!”.
Para ella, el compromiso cristiano era inseparable de la lucha contra la desigualdad. Tras la desaparición de Marcelo en 1977, Isidora se convirtió en una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y del MEDH, impulsando además la primera Comisión de la Memoria barrial en la ciudad. A pesar de que en su propia congregación algunos líderes le hicieron sentir el “vacío” y la cobardía, ella nunca abandonó la iglesia porque “sin la comunidad de fe yo no podía vivir”, encontrando en el amor compartido la fuerza para resistir.
Isidora solía hablar de su visión de la fe con una claridad contundente:
“Entiendo la política como la forma de pelear por las cosas justas. ¿Quién no está triste si un chico no tiene para comer?. Pedir que eso cambie es un mensaje cristiano”.
“El mensaje de Jesús es profundamente político. Es revolucionario. Jesús perdonó a una prostituta delante de todos los hombres ¿Qué marcó ahí Jesús? Los mandó a todos de paseo”.
Hoy, la Plaza de Isidora en Liniers honra su memoria con un mural.
3. Carmen Conde
Vecina de Pompeya, Carmen sufrió la desaparición de su hijo Juan Carlos en 1977. Durante años buscó apoyo y encontró un aliado en el sacerdote franciscano Antonio Puigjané, quien la acompañó a la Plaza en un gesto que ella vio como una “redención” de la fe frente a la complicidad de las cúpulas.
En 1989, Carmen pasó por la puerta de la Iglesia Evangélica Pentecostal Centro Cristiano Nueva Vida (CCNV) y sintió que la imagen del pastor le recordaba a la de su hijo. Allí encontró un hogar espiritual donde fue líder de mujeres y participaba en la radio de la congregación. Para ella, la iglesia en Pompeya fue el refugio y descanso necesario para recuperar “una fe que estaba agotada y desesperanzada”, encontrando “un Cristo que te abraza y te consuela”.
4. Carmen Rodino de Cobo
Miembro de la Iglesia Metodista de Constitución, Carmen sufrió el secuestro de su hija Inés en septiembre de 1976. Al enterarse de que Inés estaba embarazada en la ESMA, Carmen se convirtió en Madre y Abuela de Plaza de Mayo.
Su historia da cuenta de una dolorosa fractura familiar: mientras sus propios hermanos de sangre no la acompañaron tras la desaparición de su hija, su comunidad de fe en el barrio de Constitución la sostuvo incondicionalmente. Junto a su amiga Nelly Aimetta, transformó las reuniones de lectura bíblica en espacios de solidaridad, demostrando que el amor de los hermanos era el respaldo espiritual que necesitaba para sobrellevar la lucha.
5. Nelly Aimetta
Nelly Aimetta fue hermana de la misma congregación y entrañable amiga de Carmen Rodino. Su hija, Liliana Aimetta, fue secuestrada el mismo día y en el mismo operativo que Inés Cobo; ambas jóvenes eran compañeras de militancia en la Liga de Jóvenes de la Iglesia Metodista de Constitución.
Nelly y Carmen iniciaron juntas el difícil camino de golpear puertas en busca de sus hijas, apoyadas por la solidaridad de su comunidad de fe y el acompañamiento del obispo Bucafusco. Nelly representa esa red de contención evangélica donde la búsqueda de justicia no se hizo en soledad, sino en una comunidad que brindaba respaldo y contención espiritual. Su trayectoria reafirma que, para las madres evangélicas, la iglesia fue un lugar para la acción concreta y el afecto frente a la indiferencia social.
Estas historias nos enseñan que para muchas mujeres evangélicas, el mandato de la Santa Cena —“Hagan esto en memoria de mí” (Lucas 22:19)— se transformó en una ética de vida espiritual y política, a la vez que en un acto de resistencia.
En un contexto donde a menudo se busca homogeneizar el campo evangélico, el legado de estas Madres permite complejizar los sentidos sobre el rol de las expresiones de fe vinculadas con el compromiso por los derechos humanos. Sus vidas evidencian la existencia de un campo evangélico diverso y comprometido que siempre ha estado allí: en las calles, escuelas y plazas, defendiendo la dignidad humana como una respuesta de fe al evangelio.
Nota editorial: Este artículo ha sido adaptado a partir de la ponencia e investigaciones del Colectivo Memoria Profética, utilizando testimonios originales y fuentes periodísticas especializadas en derechos humanos.


